La Hermandad del Rocío de Córdoba ha celebrado su Pregón Rociero, a cargo de Alejandro Jiménez, quien contó su historia de amor con la Patrona Almonteña desde que, con 9 años y faltando al colegio, se fue a buscar su mirada, su sonrisa un viernes por la mañana en San Pedro de Alcántara y quedó enamorado profundamente de Ella.
Sentido su homenaje al Padre Quevedo, para los de su generación, Tito Pepe. El pregonero ha ido intercalando su verbo con letras del jesuita rociero, que a buen seguro la Señora tiene cerca. Un homenaje que ha acabado con la imagen que todos los rocieros cordobeses guardan de él rezando la salve delante del Simpecado o dando la comunión en el pasillo central del Santuario canturreando sus poemas a la Virgen.
Intensa su explicación de la fe, de lo que es el verdadero Rocío, el peregrino de a pie que desafía los senderos sólo para verla a Ella, al igual que el pasaje del camino del año pasado donde Córdoba demostró su fe en la Blanca Paloma.
Intensa su petición de la vuelta del Simpecado antiguo, aquel que pintara Julio Romero de Torres. Aquel que nunca debió salir de los que verdaderamente son sus dueños, y tal y como Alejandro Jiménez ha dicho aún siendo Patrimonio Cultural es Patrimonio de los que verdaderamente lo aman y veneran.
Llegó su momento del Rocío, el momento en el que la aldea se tiñe de colores con las bengalas que presiden los Simpecados en el Santo Rosario, ese preciso momento en el que todos los sentimientos vuelan a la reja, lugar donde comienzan todas las decisiones importantes de la vida. Llamó a la preparación interior y de costo para el próximo Pentecostés, a través del Espíritu Santo.
En definitiva, Córdoba ha iniciado sus actos con un pregón cargado de cristianismo, de catecismo de a pie, de vivencias junto a la Paloma de las marismas y su mayor tesoro, el Divino Pastor. Un pregón que ayudará a vivir un Triduo de forma más íntima y jubilosa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario